RELATO CON “CALOR”
En la nieve una gran hoguera rodeada de muchedumbre. Las llamas vivaces parecían bailar la danza de la muerte. Acurrucada en una pequeña celda la joven aguardaba su vez. Pesaban contra ella delitos de brujería. Su nombre se escuchaba en las voces del gentío deseoso de ver como su cuerpo era devorado por el fuego.
Sus pecados serían limpiados así. No había lágrimas por derramar ni plegarias por decir que ya no hubieran sido dichas. Su turno se aproximaba.
La puerta del habitáculo mugriento se abrió. La agarraron mientras ella se resistía para sacarla y conducirla hacia su muerte. Cerró los ojos mientras recordaba el calor de los abrazos de su madre, a sus hermanos, a su padre en la paz de su hogar, durante ese tiempo feliz de su infancia en el que aún nadie había sido perseguido por sus ideas y creencias.
Podía sentir la dulzura de la voz de su madre emitiendo uno de esos cánticos que lograban adormecerla incluso en las noches más oscuras, esas en las que las pesadillas la despertaban empapada en sudor y con el pulso acelerado.
Su madre tenía los brazos abiertos ahora, la estaba esperando para reunirse de nuevo. Su asesinato no fue en vano pues de este modo estarían juntas por siempre en un lugar en el que nadie podría ya separarlas.
Tan inmersa estaba en sus pensamientos que apenas fue consciente de las cuerdas anudando sus manos y pies al pesado poste de madera en forma de cruz. Su posición era oblicua acercándose a las llamas. El calor se sentía cada vez más cerca.
Sintió volviendo en sí de su trance como sus ropas comenzaban a arder y un dolor inmenso inundaba su cuerpo. Se desmayó a la vez que lágrimas de sangre corrían por su rostro.
El gentío extasiado vitoreaba, admirando el espectáculo. Un gran resplandor iluminó el cielo apagando las llamas. El cuerpo de la joven se elevó intacto ante el estupor de la muchedumbre espectadora.
Comenzó a sentirse un frío desgarrador. Mientras un sol enorme se acercaba haciendo que la nieve se volviera líquida y helada.
De la gran fogata tan sólo quedaba ceniza. Los pies de los que de su muerte se alegraban se pegaron al suelo como si de estatuas de hielo se tratara. No había calentamiento posible que pudiera evitarles la desgracia que sobre ellos estaba acaeciendo.
AMELY

