A Iñigo le gustaba pasear por el parque. Solía levantarse temprano y trasl desayunar, se vestía con ropa deportiva. Caminaba durante horas, normalmente el sólo. Cuando daba por concluida su marcha se sentaba en el banco cercano al estanque. Era un banco de hormigón decorado con baldosas de cerámica repletas de dibujos. Le gustaba imaginar que fue colocado ahí expresamente para que él se sentara. El parque del oeste no era un lugar demasiado concurrido, esto era de agradecer en esa ruidosa y fría ciudad. Desde su banco escuchaba el sonido de los pájaros, hoy estaban juguetones.
Este mes de diciembre resultaba extraño para él. Con su futuro pendiendo de un hilo, Iñigo se encontraba inmerso en una intranquilidad permanente. Uno de sus más ambiciosos proyectos estaba a la espera de ser aprobado. Había invertido casi toda su vida en desarrollarlo. En su tesis, abordaba la aparición de esquizofrenia en drogodependientes partiendo de la experiencia que su hermano Arturo le aportó. En ocasiones el recuerdo de los momentos compartidos le perseguía. Nunca debió ocurrir aquella tragedia. Debian haber podido evitarla. Recordaba esa tarde en la que recibió la llamada de la policía informando de la aparición del cuerpo sin vida de su hermano como el momento más angustioso de su vida, y el hecho por el cual se continuaba culpando día y noche. Su hermano se suicidó. Todo su entorno se asemejaba «a una serpiente venenosa». Nadie supo evitarlo, nadie quiso verlo venir.
El olor a café recién hecho le hizo recordar su infancia, la cocina de su casa, su madre sentada junto a la mesa, su perro Jimmy bajo los pies. Un gran anhelo invadió su interior. El hogar, el cariño de su madre. Extrañaba tanto esos instantes. Los abrazos cálidos. Las risas de complicidad. Sara le hizo un gesto. Estaba guapísima, como siempre. Su pelo color oro, esos labios rosados que mostraban la sonrisa más bonita del mundo. Se saludaron con un apasionado beso e inmediatamente le puso al tanto de lo que ocurría. Cariño -le dijo sonriendo- prepara tus cosas porque nos vamos de viaje. Ni en su mejor fantasía habría podido imaginar algo tan maravilloso. Sara logró reiniciar sus vidas con esa noticia. Ahora desde el avión junto a ella se sentía el hombre más afortunado del mundo. En dos semanas Sara comenzaría su trabajo en el departamento de innovación de una de las más prestigiosas empresas del sector. Su empeño daba frutos, juntos conseguirían esa mayor sensibilización ante la problemática del suicidio, buscarían abordar las causas dotando a las personas de soluciones o herramientas para solventarlas, lucharían por la justicia, por evitar que nadie callera en la desesperanza debido a sus malas condiciones económicas o sociales, por una humanidad más feliz, más positiva, en definitiva más humana.
AMELY
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